Historias de sobrevivientes: cómo se aferraron a la vida

Hombres y mujeres que sufrieron el temblor en México relatan lo que sintieron.

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    Getty Images
    Dos sobrevivientes del terremoto del martes en el centro de México se abrazan el sábado en la ciudad capital.

    En un cuarto de hospital a cuadras de distancia del lugar donde sobrevivió 26 horas bajo los escombros de un edificio de apartamentos de nueve pisos, José Luis Ponce descansa sedado y con un respirador, vivo pero con múltiples fracturas de hueso y daño en sus pulmones y riñón.

    “Él dijo que iba a estar conmigo siempre”, indicó su hija, Claudia Ponce, de 30 años. “Ahora no es el momento para no hacerlo”.

    En otra parte de la Ciudad de México, Julieta Calderas, de 58 años, también se aferraba a la vida el sábado por la mañana. Aplastada por una estampida humana en un centro comercial durante el sismo de magnitud 7.1 el martes, los médicos advirtieron a su familia que la mujer prácticamente presentaba muerte cerebral. Aun así, su sobrina se niega a creer que no saldrá viva del hospital.

    “La muerte es natural, pero la gente no asimilamos”, declaró Rosangel Aguilar, sentada en una banca de cemento junto a otros familiares afuera del Hospital General Xoco.

    Mientras los rescatistas buscan entre los restos de 38 edificios colapsados en la Ciudad de México, han recuperado decenas de personas sin vida de los escombros pero también varios sobrevivientes. La Marina de México, considerada la tropa de élite del país, anunció que ha recuperado 102 cuerpos y ha rescatado a 115 personas tras el desastre.

    Muchos de tales sobrevivientes se encuentran ahora en hospitales de la capital mexicana con lesiones que van desde fracturas y golpes a serias lesiones cerebrales. Después de largas y desesperantes horas y días de mantener la esperanza de que sus seres queridos sean encontrados con vida, los parientes se consideran entre los suertudos. Pero para muchos de los sobrevivientes la situación que les espera es larga e incierta.

    “Todavía no puede moverse. Solamente me dice ‘Si.’”, afirmó Cintia Morales, de 29 años y cuya madre diabética al parecer sufrió un ataque cardiaco durante el temblor.

    Cuando la tierra empezó a moverse, José Luis Ponce se encontraba en su apartamento en el segundo piso en compañía de su hija de 33 años, Marisol Souza. Ponce es un vendedor jubilado que llegó a trabajar para 3M, la compañía fabricante multinacional. Souza estudiaba para su maestría en administración de empresas y recién regresó de un viaje a Panamá.

    Siete pisos de concreto cayeron sobre ellos. Claudia Ponce viajaba con su familia en Colombia en ese momento. Regresaron los más pronto posible, recibiendo reportes contradictorios sobre si se hallaban vivos o muertos.

    En cierto punto, Claudia Ponce escuchó a rescatistas decir que creían haber detectado señales de vida de Souza. Después, oyó reportes de que tanto su padre como su hermana habían sido rescatados de entre los escombros y eran trasladados en ambulancias al hospital.

    Un día y dos horas luego del sismo, José Luis Ponce fue cuidadosamente sacado de entre concreto y metal retorcidos. En los breves momentos en que su familia ha podido hablar con él, les dijo cómo sobrevivió: Cerró una puerta y se colocó bajo el marco, protegiendo su cabeza, pero enganchando sus piernas.

    “La verdad es que fue un milagro”, sostuvo Claudia Ponce.

    La hija de José Luis Ponce, Souza, no tuvo esa suerte. Un equipo de búsqueda halló después su cuerpo sin vida de entre los escombros, junto con los restos de su perro, Max.

    Ahora Claudia se encuentra de manera permanente al lado de la cama de su padre y en las sillas de plástico en la sala de espera del hospital.

    “Los diagnósticos siempre son muy reservados”, dijo. “Te dicen que está evolucionando. Sigue siendo grave. Si no, no estaría aquí. Pero yo tengo mucha fe”.

    Brenda Clement, de 36 años, también fue rescatada de entre los escombros después del terremoto. Había salido ese día con su hijo de tres años para comprarle un nuevo par de zapatos en Jojutla, en el estado de Morelos, donde las calles quedaron en ruinas luego del sismo. Cuando sintió el temblor, Clement corrió al exterior, donde fue aplastada por los escombros que caían de una casa.

    Su esposo, Rodrigo Solórzano de 35 años, trató de contactarla por celular durante una hora. Finalmente le respondió un hombre cuya voz no lograba reconocer.

    Era la persona que la había rescatado.

    El hombre, cuyo nombre todavía desconoce, dijo a Solórzano que había llevado a su esposa a la sala de emergencias y que su hijo se hallaba en la Cruz Roja. Pero cuando Solórzano llegó a la Cruz Roja para recoger a su hijo, el único niño que había allí era un fallecido que coincidía con su descripción.

    El personal le ofreció mostrarle el cuerpo, pero él se rehusó.

    “No quise identificarlo porque era perder las esperanzas de que mi hijo estuviera vivo”, aseveró Solórzano el sábado, recordando la dolorosa experiencia.

    Mientras los miembros de la familia publicaban fotografías del hijo de Solórzano en las redes sociales, él fue al hospital para estar al lado de su esposa. Después de ser llevado a habitaciones de pacientes que el personal del hospital pensaba que podrían ser su esposa, una de ellas llorando de agonía, otra con el rostro inflamado, finalmente la encontró, viva pero con una seria fractura de pierna.

    Los médicos pensaban que quizá tendrían que amputarla pero ahora esperan poder transferir parte de su cadera a su pierna para que ella pueda volver a caminar algún día.

    “Mi esposa, gracias a Dios, ha vuelto a nacer”, dijo Solórzano.

    Cinco horas después del sismo, recibió más nuevas noticias: Alguien había visto las publicaciones de la familia en las redes sociales y reconoció a su hijo. Estaba vivo y fue devuelto sano y salvo a su familia, con algunos raspones leves en su cuerpo como única señal de la calamidad.

    De antemano nerviosas, las familias de sobrevivientes en hospitales de la Ciudad de México fueron sorprendidos de nuevo el sábado por la mañana por un nuevo sismo de magnitud de 6,1. Cuando las alarmas sísmicas sonaron, médicos y enfermeros pidieron a los los familiares que evacuaran el lugar.

    Aguilar, que estaba al lado de su tía, se rehusó a irse. “Dios ya tiene mi tiempo Y si así va a ser, así va a ser”, dijo.

    Poco después esa tarde, mientras la familia de reunía en el hospital, Julieta Calderas dio su último aliento, cuatro días después de ser aplastada en el centro comercial Galerías Coapa mientras vidrio y metal caía en su alrededor.

    “Su corazón paró de latir”, lamentó Aguilar. “Su corazón ya no resistió“.